domingo, 18 de enero de 2026

Tres Pasos Prácticos para Gestionar el Fracaso

A pesar de que el fracaso es un componente inevitable en el liderazgo y el emprendimiento, paradójicamente, sigue siendo uno de los aspectos menos abordados de manera sistemática en la práctica empresarial. Con más frecuencia de lo que se piensa, el éxito se percibe como una progresión lineal, mientras que los fracasos se ven como simples obstáculos. No obstante, la realidad es que el camino hacia el éxito es iterativo e impredecible, caracterizado a menudo por ideas rechazadas o iniciativas que no prosperan. En última instancia, lo que diferencia a los líderes exitosos no es la ausencia de fracaso, sino su capacidad para procesarlo de manera constructiva

Aunque expresiones como “fracasar rápido” y “aprender de los errores” son comunes, rara vez se traducen en comportamientos accionables. Por ejemplo, cuando un emprendimiento fracasa, un lanzamiento de producto colapsa o una iniciativa estratégica no alcanza los resultados esperados, los líderes suelen responder de forma defensiva o emocional. Estas reacciones pueden proteger la autoestima en el corto plazo, pero inhiben el aprendizaje y el mejoramiento en el mediano y largo plazo. Para avanzar, los líderes necesitan un enfoque práctico que integre el balance emocional con disciplina y acción. A continuación, se presentan tres pasos prácticos para transformar los fracasos en activos estratégicos.

Paso 1: Aceptar el fracaso sin excusas

El primer paso para superar el fracaso es aceptarlo en su dimensión real; esto es, reconocer el hecho y sus consecuencias sin excusas ni justificaciones. Esto no significa adoptar una perspectiva pesimista ni adjudicarse ciegamente toda la responsabilidad; supone, más bien, un análisis con base en hechos objetivos para identificar los factores que incidieron en el resultado. El enfoque debe centrarse en encontrar debilidades en el proceso (qué funcionó mal) en lugar de buscar culpables (quién tiene la culpa).

Después de un fracaso, los líderes suelen mostrar una respuesta más emocional que racional, principalmente para proteger su ego. Por ejemplo, es común atribuir el fallo a factores externos (la competencia, la economía o factores del entorno) o interpretar el resultado como algo inevitable. Aunque estas razones pueden ser comprensibles e, incluso, aceptables hasta cierto punto, la realidad es que limitan el desarrollo debido a su naturaleza pasiva. Mientras el fracaso se atribuya exclusivamente a fuerzas externas, como el mercado o el comportamiento de los clientes, el líder pierde su capacidad de control y de acción para revertir la situación

Por otro lado, la aceptación del fracaso en su dimensión real restaura la capacidad de control y de acción. Al reconocer abiertamente los factores organizacionales y humanos que contribuyeron al fracaso, tales como deficiencias en los procesos internos o un entrenamiento insuficiente del personal, los líderes pasan de una posición pasiva a una activa. Este cambio cognitivo reduce la resistencia emocional y activa un pensamiento reflexivo y analítico, facilitando una resolución de problemas mucho más efectiva

Un fracaso que ejemplifica este punto es la decisión de Netflix en 2011 de separar sus servicios de DVD y streaming bajo la marca Qwikster. Esta medida generó un fuerte rechazo por parte de los clientes; de hecho, cerca de 800 mil usuarios cancelaron su suscripción, lo que provocó pérdidas financieras significativas. En lugar de justificar la decisión, el CEO Reed Hastings reconoció públicamente el error y asumió la responsabilidad. Esta rápida aceptación permitió a la empresa corregir el rumbo de inmediato, reconstruir la confianza y reenfocar su estrategia a largo plazo. La aceptación del fracaso no debilitó a Netflix, sino que aceleró su recuperación.

Paso 2: Enfocarse en lo que puede cambiarse

Una vez que el fracaso se acepta abiertamente, el siguiente paso es dirigir la atención hacia las variables controlables. Esto implica adoptar una perspectiva de control interno, enfocando la energía en los factores que están bajo la influencia del emprendedor o del líder, en lugar de concentrarse en restricciones externas. Tras un fracaso, los líderes suelen dedicar un esfuerzo considerable a justificar los resultados, enfatizando a menudo condiciones incontrolables como las tendencias económicas o las acciones de la competencia. Esta orientación 'de afuera hacia adentro' consume energía sin generar mejoras objetivas. Por el contrario, cuando el líder adopta una mentalidad proactiva, prioriza los aspectos internos controlables desde una perspectiva 'de adentro hacia afuera.’

Una perspectiva proactiva de control interno no niega las realidades externas, sino que prioriza los puntos de apalancamiento accionables. Esto incluye la optimización de los procesos internos, la asignación de recursos, la toma de decisiones, los canales de comunicación y la adopción de nuevos métodos de trabajo, entre otros. Estos ajustes aumentan la capacidad organizacional y mejoran el desempeño, independientemente de la volatilidad del entorno

El origen de Slack ilustra claramente este principio. La empresa comenzó como un emprendimiento de videojuegos cuyo producto principal, sin embargo, no logró tracción en el mercado. En lugar de culpar al entorno, los fundadores analizaron lo que habían desarrollado internamente y reconocieron el valor de la herramienta de comunicación creada durante el proceso de desarrollo. Al centrarse en esta capacidad interna y reorientar el emprendimiento desde el producto original, transformaron un fracaso rotundo en una oportunidad decisiva

Paso 3: Reconstruir a través de pequeños logros

El último paso se refiere a la forma en que se ejecutan las acciones inmediatas para revertir la situación. Tras un fracaso significativo, los líderes suelen sentir la presión de emprender acciones drásticas: una reestructuración profunda, la adopción de una nueva imagen corporativa o la implementación de iniciativas de alto riesgo. Aunque atractivas, esta clase de decisiones implica riesgos considerables, requiere más tiempo y puede acentuar el fracaso inicial si no tiene el éxito esperado.

Una estrategia más eficaz es el desarrollo incremental: realizar mejoras puntuales que creen un efecto compuesto a largo plazo. Mientras el fracaso genera inercia, las acciones pequeñas reducen la resistencia al cambio y hacen que el progreso sea alcanzable. Estas mejoras tienen la virtud de generar un refuerzo positivo: cada pequeño logro restaura la confianza y establece un patrón de ejecución que, con el tiempo, da lugar a una transformación sustancial.

La recuperación de Starbucks en 2008 ejemplifica este enfoque. Howard Schultz no se concentró en una expansión agresiva, sino en el mejoramiento de los fundamentos operativos. Una de sus decisiones clave fue cerrar todas las tiendas en los Estados Unidos. por unas horas para volver a entrenar a los empleados en la preparación del café. Esta intervención, centrada en la calidad, reforzó los valores centrales y sentó las bases para una recuperación sostenible.

Conclusión

El fracaso en los negocios es inevitable, pero no el estancamiento. Los líderes rara vez son derrotados por el fracaso en sí, sino por la forma en que reaccionan ante él. Al aplicar tres pasos prácticos —aceptación abierta, enfoque en variables controlables y promoción de progreso incremental—, los líderes convierten el fracaso en una ventaja competitiva. En lugar de justificar el error, los líderes exitosos extraen su valor para construir mayor claridad y resiliencia.

miércoles, 7 de enero de 2026

Del Control a la Adaptación: Cómo Liderar en Entornos Impredecibles

El entorno corporativo contemporáneo ya no se define por ciclos de estabilidad interrumpidos por episodios ocasionales de volatilidad. En su lugar, hemos entrado en una era de disrupción permanente, en la que la fricción geopolítica, la fragilidad de las cadenas de suministro y el desarrollo acelerado de tecnologías como la IA forman parte de las operaciones cotidianas. Para el CEO moderno, el rol ha cambiado de manera fundamental: ha pasado de ser un mero administrador de recursos a liderar complejos procesos de cambio en escenarios cada vez más impredecibles.

En una serie de diálogos conducidos por Jean-François Manzoni, profesor de Liderazgo, Desarrollo Organizacional y Gobierno Corporativo en la Escuela de Negocios de IMD, seis exitosos CEOs compartieron las estrategias que aplican para dirigir corporaciones internacionales en el impredecible entorno del mercado global. Este selecto grupo, que representa una amplia diversidad de industrias, desde el mundo de alto riesgo de los semiconductores en ASML hasta los avances en biotecnología de Novonesis, ofrece una clase magistral sobre el liderazgo corporativo moderno. Aunque sus sectores difieren, sus ideas convergen en tres pilares fundamentales: la necesidad de una apertura radical, la disciplina de la delegación estratégica y el cultivo de una “compostura” interna que impulse la transformación continua.

1. Liderar con transparencia y apertura

En los círculos académicos se suele hablar del “contrato social” dentro de una compañía. Para Morten Wierod, CEO del gigante suizo de ingeniería ABB, este contrato se construye sobre la base de la transparencia. Wierod, quien asumió el cargo en 2024, cuestiona la noción tradicional de que el liderazgo es inherentemente la experiencia de un “genio trabajando solo”. Al fomentar una cultura de apertura, Wierod sostiene que la imagen del “genio aislado en la cima de la organización” se convierte en un mito manejable, más que en una realidad estructural.

La filosofía de liderazgo de Wierod introduce un concepto provocador: la impaciencia como virtud, en el entendido de que, en un mercado turbulento, esta actúa como catalizador de la innovación. Sin embargo, Wierod aplica este principio diferenciando claramente entre acciones y resultados. Un líder debe ser impaciente con la velocidad de la ejecución interna, pero mantener la paciencia estratégica necesaria para que las inversiones de largo plazo prosperen.

Para cerrar la brecha entre la visión estratégica y la ejecución operativa, Wierod utiliza el pensamiento de nivel superior (level-up thinking). Este enfoque consiste en desafiar a su equipo a analizar las propuestas desde la perspectiva de sus superiores. Si los gerentes se preguntan: “Si yo fuera el CEO, ¿aprobaría esta asignación de recursos?”, se ven obligados a trascender los límites departamentales y a alinearse con la visión y la estrategia corporativa. Esta claridad reduce la fricción y garantiza que la apertura no sea simplemente “ser amable”, sino “ser cortésmente directo”, especialmente cuando la intención es mejorar colectivamente. Christophe Fouquet, CEO de ASML, refuerza esta idea al señalar que la transparencia es el único antídoto frente a las variables que afectan los procesos internos pero que no podemos controlar, como la macroeconomía global o los cambios en las regulaciones de exportación.

2. Delegación estratégica y valor único

Un tema recurrente en los diálogos de Manzoni es la “paradoja del CEO”: cuanto más poder tiene un líder, menos debería involucrarse en los detalles operativos del negocio. La transición al rol máximo exige lo que Poul Weihrauch, CEO de Mars, describe como un “alejamiento operativo”. Pasar de liderar una unidad de negocio a convertirse en un “líder de líderes” es un desafío psicológico que requiere redefinir la forma en que se mide el éxito personal.

En Mars, este enfoque se operacionaliza mediante “ejercicios de toma de decisiones”. El equipo directivo analiza de forma prioritaria debilidades y riesgos potenciales en los procesos en marcha, apoyándose en retroalimentación en tiempo real. Asimismo, se abordan abiertamente problemas de comunicación interpersonal que pueden afectar no solo la toma de decisiones, sino también el desempeño del equipo. El enfoque de Weihrauch enfatiza que la principal responsabilidad del CEO es asegurar que “los mejores líderes estén en todos los niveles”. Si un CEO no delega o no exige rendición de cuentas a su equipo, el costo final lo pagan los colaboradores, especialmente aquellos que se encuentran en la base de la pirámide organizacional y sufren las consecuencias de un liderazgo deficiente.

De manera similar, Loh Chin Hua, CEO de Keppel, ofrece un marco disciplinado para la priorización de procesos y decisiones. Tras haber transformado a Keppel de un conglomerado industrial tradicional en un sofisticado gestor global de activos, Loh enfatiza que solo “interviene en el proceso” cuando puede aportar un valor único. De acuerdo con Loh, dentro del marco de las competencias centrales del liderazgo corporativo, la priorización del tiempo y los recursos resulta fundamental; por ello, la regla de oro es clara: una vez que existe un equipo competente, el líder debe resistir la tentación de micro gestionar y concentrarse, en cambio, en el horizonte estratégico.

Para Ester Baiget, CEO de Novonesis, este “valor único” se redefine como el de asumir el rol de un radar global. Baiget delega las operaciones internas para participar activamente en foros internacionales y liderar iniciativas de alcance global. Desde esta posición, su función consiste en identificar y conectar señales del entorno, traduciendo la información del mercado global en estrategias concretas para su organización. En este modelo de liderazgo, el CEO no es quien tiene todas las respuestas, sino quien posee la capacidad de formular las preguntas correctas a partir de las señales que provienen del entorno.

3. Mantener la compostura en medio de la volatilidad

Una de las reflexiones más profundas de estos diálogos es la importancia del estado interno del líder, es decir, su compostura. En un mundo marcado por eventos impredecibles, a menudo con impactos masivos y generalizados, la capacidad de mantener la calma no es solo un rasgo de personalidad, sino un activo estratégico.

La experiencia de Loh Chin Hua durante el colapso de 2020, cuando Keppel enfrentó no solo precios bursátiles históricamente bajos, sino también la cancelación de una oferta de asociación estratégica sirve como un estudio de caso sobre el replanteamiento cognitivo y emocional del liderazgo. Loh aboga por “ser amable consigo mismo”, lo que implica desprenderse del peso emocional de la crisis y observar la situación desde una perspectiva externa. Según Loh, este enfoque le permitió comprender mejor el contexto y avanzar gradualmente hacia un progreso incremental. Esta postura filosófica evita que la frustración y el sentimiento de culpa paralicen la toma de decisiones.

Para Rohit Jawa, ex CEO de Hindustan Unilever (HUL), la resiliencia de un líder exitoso suele ser el resultado de un proceso deliberado de aprendizaje. Jawa subraya que un líder debe ejecutar (hacer) y transformarse (educarse) al mismo tiempo. Este principio se aplica no solo a la persona, sino también a la organización. Según Jawa, su carrera estuvo marcada por un “crecimiento por etapas”, en el que cada cinco años evaluaba conscientemente sus competencias e identificaba las brechas necesarias para alcanzar el siguiente nivel de liderazgo.

El compromiso de Jawa con el bienestar emocional y la reflexión pone de relieve un cambio significativo en la educación ejecutiva. El liderazgo moderno exige una transición desde la validación impulsada por el ego hacia la creación impulsada por la curiosidad. Como señala Fouquet, cuando un líder deja de intentar “probar” su valía ante los demás, gana el espacio mental necesario para preguntarse: “¿Qué podemos hacer de manera diferente?”. Esta humildad permite reconocer que las estrategias que llevaron a la cima no siempre son las que mantendrán a la empresa allí.

El nuevo paradigma del liderazgo

Las ideas recogidas por el profesor Manzoni subrayan una verdad fundamental: el CEO moderno debe ser, al mismo tiempo, un ancla y una vela. Debe proporcionar estabilidad mediante la apertura y el equilibrio, pero también contar con la agilidad necesaria para delegar y ajustar el rumbo en respuesta a las señales de su entorno. Para emprendedores y líderes empresariales, la lección es clara: el alto desempeño no es el resultado de una sola mente brillante, sino de un ecosistema organizacional basado en la confianza y la transparencia. Esto exige el coraje de ser honesto cuando las circunstancias son difíciles, la disciplina de empoderar a otros incluso cuando implica ceder control y, sobre todo, un compromiso inquebrantable con el desarrollo personal y colectivo. Así, los líderes más efectivos serán aquellos que comprendan que su mayor contribución no reside en su presencia constante en la “sala de máquinas”, sino en su capacidad para construir una cultura que permita a la organización atravesar la tormenta sin depender exclusivamente de ellos.

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